La meditación del día

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He decidido describir el estado meditativo que alcanzo cada mañana al meditar. Aunque en realidad lo más adecuado sería no escribir nada, simplemente dejar la hoja en blanco, o tal vez ilustrar algunas imágenes simples y abstractas, me iré por la senda más larga y difícil, la escritura, que puede ser la más exacta desde del punto de vista del entendimiento humano.

Cuando era niño mi meditación consistía en hablar con Dios, así como me lo había enseñado mi madre: todas las noche antes de dormir le platicaba a Dios algo, le daba las gracias y le pedía por el bienestar. Mi propia fe hizo que esas oraciones fueran también en las mañanas al despertar y a veces hasta en el día, sobre todo cuando ocurría alguna situación difícil y complicada. Por alguna razón las crisis son las que más nos acercan a nuestra fe, aunque rara vez solucionan algo de forma inmediata.

En la temprana adolescencia recuerdo que mis padres asistían a un curso de “Control Mental” el sólo título me llamaba mucho la atención e investigué que se trataba de dirigir el poder de los pensamientos, así que sin conocer el método en sí yo mismo intentaba controlar mis pensamientos y dirigirlos  en alguna dirección.

Creo que fue la adolescencia el período donde más me alejé de la oración, y cuando me dignaba a platicar con mi dios era más para reprochar por el abandono en el cual nos tenía a los seres humanos y por la falta de respuesta a mis continuas peticiones.

En la adolescencia tardía fue cuando al fin una voz me respondió, mis continuas plegarias recibieron respuesta y la voz que lo hizo fue la mía que al fin había brotado desde aquel silencio denominado dios. Esto curiosamente ocurrió al mismo tiempo en que comencé a leer mis primeros libros por propia iniciativa. La literatura me abrió las puestas hacia un mundo interior que siempre había buscado. Después de leer un buen libro la voz del autor resonaba en mi interior hasta convertirse en la mía y entonces las respuestas brotaban de mi interior, y no era el Todo Poderoso quien hablaba sino el hombre en el cual me estaba convirtiendo.

Fue tal el deleite de esta voz que me interné en mi soledad, donde la escuchaba e incluso comencé a aislarme físicamente de los demás, como en un delicioso romance conmigo mismo y con aquel misterio de dios que habitaba adentro. La voz de los autores respetados, la voz de Dios y la mía era la combinación suprema, la trinidad sagrada.

En algún momento de mi primera adultez recibí un breve curso de “Meditación Trascendental” que básicamente era una técnica para liberar los pensamientos hasta alcanzar el vacío, la nada, la paz. Comencé a practicar esta disciplina casi con frecuencia diaria: en cesiones de veinte minutos, a cualquier hora del día, a veces incluso cuando realizaba otras actividades como esperas, viajes o clases aburridas.

Hoy puedo decir que esa técnica que aprendí hace ya algún tiempo es la que utilizo de manera cotidiana, a veces logró alcanzar el vacío, en algunas ocasiones puedo llenar el vacío con mi propia voz y es entonces cuando siento que estuviera frente a un ser supremo.

En algún momento descubrí que escribiendo motivaba a la voz interna así  que comencé a hacerlo de forma disciplinada, este trabajo a parte de brindarme una enorme satisfacción me llevó a escribir una serie de libros que, a mi forma de ver, son la manifestación más elevada de mi propia evolución. Digamos que considero a mis libros ser un producto de mi propio desarrollo, los considero lo mejor de mí mismo, como mis hijos.

Pero la realidad es que al día de hoy Dios está más lejos y más cerca que nunca, definitivamente lo percibo mientras escribo y lo experimento cuando juego con mis hijos, pero al caminar por las calles de cualquier ciudad lo añoro y al contemplar el cielo nocturno me pregunto si en verdad existe o si no es tan solo un invento del ser humano en su anhelo por explicar todo aquello que no comprende, como la muerte y lo que hay después.

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