Un Viaje Al Infinito

 

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CAPITULO PRIMERO

Hice todo lo que el libro dijo: morí a mi vida anterior y renací a mis más altos ideales, dejé las ambiciones y el egoísmo y adopté a la humildad como principio de mi alegría. Aprendí a compartir los gozos de la vida y al hacerlo multipliqué los dones que ésta me ofrecía. Los esfuerzos se dividieron al trabajar en conjunto y las capacidades mentales parecieron expandirse cuando la comunicación fue herramienta de entendimiento. Las nuevas actitudes surgieron como fuegos en medio de las tinieblas y nadie podía negar la realidad del cambio que estaba ocurriendo. Los más incrédulos y escépticos terminaron por aceptar que una gran transformación estaba ocurriendo y todos en conjunto nos dejamos llevar por la corriente que arrastra hacia nuevos horizontes de entendimiento.

Al principio parecía ser como si la gente común estuviera alcanzado estados de éxtasis que antes sólo los místicos y los sabios lograban; las facultades superiores de la inteligencia fueron un hecho imposible de negar y las posibilidades que estas virtudes ofrecían eran amplias. Era como haber descubierto que en nuestra mente se alberga el instrumental que facilitaría emprender el viaje para el cual la humanidad se había preparado a lo largo de la historia.

Fue en el mediodía del equinoccio de primavera que, ante el asombro de muchos, desde el Sol  brotaron unas extrañas esferas: burbujas luminosas que se estacionaron en los cielos y esperaron a que la noche llegara. Los que nos dimos cuenta de ello permanecimos atentos pues sabíamos que aquel fenómeno era parte de la manifestación que estábamos esperando. No fue sino hasta la medianoche, cuando la Luna llena se encontraba en medio de su recorrido, que las esferas espectrales bajaron y se estacionaron al ras de la tierra. Al parecer esto sucedió por todo el planeta, pero sólo la gente que se había preparado pudo verlas. Yo caminé hacia una de esas misteriosas naves y, frente a ella, sentí como si estuviera al borde de un abismo de profundidad insondable. Experimenté un vértigo emocionante mientras vi, sobre la superficie cristalina de la esfera, el reflejo de mi cuerpo sutil. Era como estarfrente a un espejo que reflejaba el alma y darme cuenta que mi esencia es parte de la misma fuerza que me atraía con poder. Dispuesto a abarcar del todo aquel misterio, me armé de valor y di el paso que me permitiría entrar hacia esa dimensión desconocida.

La superficie de la burbuja era una membrana gelatinosa que podía ser penetrada por cualquier dirección sin que la esfera perdiera su forma. Adentro daba una extraña sensación de estar sumergido en un líquido denso, pero sin embargo se podía respirar normalmente. El óvulo luminoso estaba conformado de colores que se mezclaban continuamente, haciendo posible definir imágenes que luego se perdían para que otras nuevas brotaran. El trance del color era incesante y seguía un ritmo, que llevaba la misma intensidad de mi emoción, como una melodía regulada por mi alma. Cuando al fin logré calmar mi excitación, el remolino de colores cesó y la atmósfera interior de mi burbuja se aclaró por completo, dejándome ver hacia afuera, donde las demás esferas ya se encontraban cargadas de espíritus humanos como el mío. El misterioso fenómeno era una gestación cósmica, en la cual el Sol había proporcionado el óvulo, y el esperma de la Tierra éramos nosotros los seres humanos.

Esperé a que la noche pasara, sintiendo una paz imperturbable, cual si hubiera retornado a mi primer origen, al vientre de aquella madre cósmica. No fue sino hasta que las primeras luces del ocaso se dejaron ver, que los huevos luminosos comenzaron a alterarse. Yo miraba hacia el cielo tratando de mantener un punto de referencia, cuando vislumbré al planeta Venus, la estrella de la mañana, que brillaba al ras de la línea rojiza azulada del horizonte que precede al amanecer. Con tan sólo observar el cuerpo celeste, mi burbuja comenzó a elevarse lentamente en la dirección que mi mirada proponía. Por un instante dudé y sentí miedo, de inmediato perdí altura y sentí que la ilusión se esfumaba. Afortunadamente vencí mi temor y enenfoqué la mirada hacia la estrella de la mañana que me atraía con poder magnético.

Evidentemente la burbuja era algo así como una nave de traslación espacial pues, al concentrar mi atención sobre aquel planeta distante, me dirigí en su dirección. Noté que el resto de las burbujas también salieron despedidas en distintas direcciones, impulsadas por la visualización de cada uno de los navegantes. Me puse cómodo mientras sentí como, en un instante, mi embarcación espacial tomó velocidad. De pronto la aceleración disminuyó y fui atraído por la fuerza de gravedad del planeta Venus, que ya se distinguía, cubierto de una gruesa capa de nubes amarillentas. Mientras más me acerqué se hizo evidente ante mis ojos una tormenta de relámpagos que sacudía una buena parte del planeta.

Penetré la atmósfera por el lado oscuro. Era de noche pero los relámpagos iluminaban el cielo nocturno mientras descendí hacia las montañas y desiertos. Aterricé sobre la superficie rocosa y traté de salir de mi burbuja, pero la membrana no se abrió. Aunque en realidad no sé ni para qué quería salir pues prácticamente podía pisar el suelo y, al caminar, la esfera entera rodaba, manteniendo mi paso. Evidentemente la burbuja no sólo hacía las funciones de nave de traslación sino que también era un traje espacial que me permitía moverme a voluntad sin estar expuesto a las condiciones adversas del planeta en que me encontraba. Mientras caminé, la burbuja giró ayudando a que mi paso fuera ligero y ágil. Estaba en medio de un desierto de arenas amarillas y, a la distancia, se veían las montañas rocosas. Comencé a correr hacia ellas y la burbuja rodó tan de prisa que no pude seguir el paso y tropecé, dando vueltas y vueltas sin lograr detenerme. A giros y maromas crucé el desierto, hasta que al fin pude parar mi impulso al estrellar contra una roca. Me tuve que recostar un momento para calmar mi aturdimiento, pero aun manteniéndome estático parecía que el giro continuaba.

Cuando al fin me pude recuperar del mareo me puse de pie para continuar el camino. La roca contra la cual había estrellado era parte de una montaña escarpada, prácticamente imposible de escalar. Avancé por un cañón que me permitió profundizar hacia el corazón de la cordillera. No supe cuanto tiempo había pasado pero comencé a darme cuenta que el cielo se iluminaba y, aun dentro de mi nave espacial, se sentía un calor extremo. Seguro estaba cerca el amanecer así que busqué un lugar donde refugiarme de la potencia del Sol. Encontré una cueva en una de las paredes del cañón. Al entrar en ella traspasé una cortina de aire frío que aislaba el interior de la caverna del calor que se sentía afuera. Ahí percibí algo extraño, como si el lugar no estuviera solo. Pero la oscuridad era casi absoluta y no podía ver si había alguien allí o no. Permanecí tranquilo, tratando de descubrir algo más acerca de aquel lugar  y fue entonces cuando escuché movimientos a mi alrededor.

– ¿Quién anda ahí? – pregunté, tratando de mantener la calma.

Escuché unos ruidos extraños que eran como gruñidos de alguna bestia y, al voltear en la dirección de donde provenían, vi unos ojos encendidos como un par de ascuas.

– ¿Quién eres? – volví a preguntar, acercándome unos pasos.

La criatura me respondió con un gruñido que, lejos de ser hostil, me pareció una expresión amigable. Di otro paso hacia el frente y el misterioso ser hizo lo mismo, quedando prácticamente rozando el exterior de mi burbuja, entonces pude verlo con claridad: era una criatura sin rostro, erecta en dos piernas, como brazos tenía una serie de tentáculos y los ojos estaban suspendidos sobre unas antenas que le brotaban a los lados de la cabeza. A la espalda le colgaban unas grandes alas de un material que era como malla metálica. Las alas eran tan grandes que lo envolvían en un especie de caparazón que simulaba su vestimenta.

Era tanta la mutua curiosidad que yo extendí mi mano, él uno de sus tentáculos, y nos tocamos, separados tan sólo por la membrana que me contenía. En ese momento el líquido interno de mi burbuja se agitó y la visión se hizo borrosa hasta perderse por completo, luego la turbulencia se calmó y el ser que estaba frente a mí apareció con forma humana. Yo debí de haber adquirido una forma parecida a la suya, pues en su rostro hubo una expresión de asombro y familiaridad. Al parecer mi traje espacial tenía la facultad de decodificar imágenes para que yo las pudiera reconocer en mis términos de entendimiento, e igualmente proyectar la mía con una forma que fuera familiar para ellos.

– ¿Quién eres? – me preguntó el venusino.

– Soy humano, vengo del planeta Tierra.

Por lo visto mi traje también tenía la función de traducir simultáneamente, pues nos podíamos entender con perfecta claridad.

– Nosotros vivimos en paz- dijo el venusino -, no queremos problemas en nuestro planeta.

– No, no se preocupe, vengo en son de paz, tan sólo estoy probando este traje espacial.

– Ya veo, un traje espacial muy sofisticado, hasta proyectas la imagen de un venusino; pareces uno de los nuestros.

-¡Justo como lo había supuesto!

– Sígueme, te voy a llevar con nuestra reina.

En ese momento, de la oscuridad salieron muchos seres que se encontraban ocultos. Los vi con forma humana gracias a mi traje. Me escoltaron hacia las profundidades de la caverna, que descendía por un túnel cilíndrico construido en cristal, el cual emitía una luz adecuada para ver como si fuera de día.

El pasadizo desembocó hacia una galería gigantesca cuyos límites no podían ser definidos debido al efecto provocado por el cristal de los muros, y donde la temperatura era extrañamente baja. Caminamos por una avenida bordeada de estructuras que parecían capullos gigantes de alambre dorado, hasta llegar frente al palacio de la reina donde las puertas nos esperaban abiertas. Trompetas y tambores de sonido metálico anunciaron nuestra entrada. Después de atravesar por largos corredores llegamos hasta el salón donde la monarca se encontraba, sentada en su trono reluciente en metales y piedras preciosas.

– Adelante visitante – dijo la reina mientras la escolta se detuvo dejándome aproximar solo hacia el trono.

Desde la distancia la mujer me pareció de belleza exuberante, pero conforme me acerqué me di cuenta que en verdad era una niña de expresión sonriente.

– Entiendo que vienes de visita desde la estrella azul – dijo la reina.

– Planeta – corregí -, la estrella azul es un planeta y se llama Tierra.

– Ah, entonces tú eres un extraterrestre, pues estás fuera de tu Tierra.

Medité ante su afirmación y luego respondí:

– Sí, supongo que soy un extraterrestre.

– Ja,ja,ja…- rió la reina -, pero parece como si fueras de aquí mismo.

– Bueno – le expliqué -, es que mi traje espacial tiene la facultad de traducir imágenes para que sean compatibles. Yo, por ejemplo, te veo a ti como una niña.

– ¡Una niña!, ¡qué chistoso! – rió nuevamente la reina -, si yo soy la mujer más grande de este planeta, soy una anciana con experiencia y conocimiento, soy la abuela de mi pueblo.

– Pues será que mi traje espacial se está confundiendo porque yo te veo como una niña.

– A decir verdad, aquí en Venus los tiempos y las edades están invertidos: nacemos viejos y, conforme los años pasan, vamos rejuveneciendo. Por eso es que yo soy la única niña que has visto, pues soy la más vieja de mi planeta.

– Eso es muy raro – afirmé -. ¿Entonces los venusinos mueren convertidos en bebes?

– La verdad es que somos una civilización muy joven y aun nadie ha muerto; yo apenas tengo veintitrés mil años de edad y como te dije soy la más vieja.

Todo aquello me tenía confundido, una reina de veinti-tantos-mil años que parecía niña, que vive en un planeta hirviente que por dentro es frío.

-¡Qué confusión en verdad! Pero no te compliques, hijo, si las cosas son simples – dijo la reina como si estuviera leyendo mis pensamientos -, yo una vez viví en el planeta azul, como tú, ¡es bellísimo ese lugar! En aquel entonces los terrícolas comprendíamos el origen y el destino de las almas, así que al momento de morir podíamos dirigir nuestra energía espiritual hacia donde cada quien quisiera. Algunos optaban por reencarnar y seguir en el proceso evolutivo del alma en ese mismo planeta. Otros encontraban la manera de salir del flujo espiritual planetario y se unían a  corrientes de otros planetas, en otros sistemas solares o en otras galaxias.

La reina hablaba con mucha emoción y plena convicción en lo que estaba diciendo.

– ¿Y cómo fue que tú decidiste quedarte en un planeta tan hostil como este? – pregunté.

– Cuando fui terrícola yo era amante enamorada del planeta Venus y quería algún día viajar hacia él. Cuando mi muerte estaba cercana los dioses me revelaron los misterios de la existencia y entonces comprendí que tenía una importante misión que realizar, y que iba a ser en este planeta.

– ¿Una misión?

– Sí, lo que pasa es que hace veintitrés mil años terrícolas, cuando morí a la vida humana, ocurrió una invasión al Sistema Solar local por parte de unos seres sombríos.

– ¿Seres sombríos? – pregunté con duda.

– Son lo opuesto a los seres luminosos; lo contrario a los dioses.

– Pero, ¿a qué dioses te refieres?

– A los dioses de las antiguas mitologías, a los que vivían entre los seres humanos. Los que se fueron cuando las entidades invasoras llegaron.

Toda esa historia me parecía una fantasía, pero para estas alturas de la vida había aprendido que la fantasía y la realidad están íntimamente relacionadas, así que puse atención.

– Entonces – continuó explicando la reina -, estos seres sombríos aterrizaron sus naves sobre los planetas más grandes del Sistema Solar; que vienen siendo Saturno y Júpiter, y tenían planeado acabar con la fuerza espiritual luminosa que se había ido gestando en la galaxia, y en específico en el planeta Tierra. Los dioses, al conocer las intensiones de estos invasores, emigraron hacia las siete estrellas brillantes que llamamos Pléyades, y allá están esperando a que la influencia sombría pase, para poder retornar.

– Pero sigo sin entender – le dije -. ¿Por qué estás tú aquí?

– Hacia eso voy, hijo, no comas ansias. Resulta ser que al momento de morir como terrícola yo pude comprender toda esta situación y logré estar con los dioses antes de que se marcharan. Ellos me comisionaron la labor de mantener el oráculo del amor encendido dentro del Sistema Solar. Fue un trabajo difícil el de descifrar el código genético que permitiría la vida en este lugar, pero una vez que logré hacerlo mi espíritu encarnó y rápidamente comencé a poblar el planeta.

– Sigo sin entender – confesé -, ¿cómo le hiciste para poblar el planeta si no tenías compañero?

– Este cuerpo mío tiene la capacidad de auto-clonarse; esto quiere decir que cualquier parte de mí puede dar origen a un nuevo ser. Los grandes capullos que viste antes de entrar a mi palacio son incubadoras donde mis clones están creciendo.

– ¿Entonces todos los pobladores de este planeta son exactamente como tú?

– Al nacer sí, pues tenemos un mismo código genético, pero conforme el tiempo pasa ese código se va modificando, esa es otra de las cualidades propias de nuestra condición venusina.

– Eres cómo una reina abeja.

– No, porque yo no necesito fecundación, simplemente voy dejando partículas de mí misma que luego adquieren vida propia.

– Es muy interesante todo esto – afirmé – platícame más.

– Bueno – continuó la reina -, durante el tiempo que llevo de haber colonizado este planeta, yo soy la única que tiene la facultad de auto-clonación, si algún día quiero dejar este cuerpo tengo que transmitir mi conocimiento para que la vida pueda continuar. Pero eso aun no me preocupa, me siento fuerte y dispuesta para vivir cuando menos cinco mil años más.

Yo miraba encantado a la reina, cautivado por su fascinante historia, conmovido por su carisma y buen humor.

– ¿Y cuál es la misión que los dioses te han encomendado? – pregunté.

– Mantener el oráculo del amor. Todos los venusinos me aman, y yo los amo a ellos pues comprendemos que en esencia somos uno mismo. Aunque cada uno tiene un código genético propio guardamos ciertas similitudes que nos unifican. Y eso es a nivel físico, a nivel espiritual estamos concientes de que cada ser alberga una fracción del espíritu y que la unidad, es lo que conforma al amor. A veces mi pueblo entero se reúne para aclarar diferencias. Esas reuniones son rituales mágicos que empiezan con peleas y malentendidos, pero poco a poco las diferencias se van puliendo hasta que la comunión se da y todos vuelven a comprender la igualdad que nos une… se logra el entendimiento. Yo soy el centro de mi pueblo, el tronco del árbol de mi descendencia. Y este árbol que conformamos tiene que dar frutos del amor más puro para que, cuando los dioses vuelvan, puedan deleitarse con la dulzura de nuestro amor.

– Es muy hermoso todo lo que me dices, reina mía, seguro los dioses vendrán a su debido tiempo y quedarán satisfechos por los manjares que tú les has de ofrecer.

– Los dioses ya han llegado – dijo la reina con plena certeza -, tú eres uno de ellos.

Quedé sin habla ante aquella afirmación de la reina. No dejaba de sonreír mientras se paró de su trono pidiéndome que la siguiera.

Crucé tras de ella el enorme salón donde me había recibido, luego entramos por una puerta vigilada por guardias que nos hicieron reverencia al pasar. Llegamos hacia otro salón igual de grande que el anterior pero éste no estaba iluminado más que por una luz que brillaba en el centro. Caminamos hacia ella y pude reconocer que el resplandor provenía de una enorme esfera de cristal, de cuyo centro brotaban rayos eléctricos que se movían a un ritmo animado. Conforme nos acercamos, los rayos tendieron en nuestra dirección, como si aquel objeto fuese un ser viviente que había advertido nuestra presencia.

– ¿Qué es eso? – pregunté.

– Eso, es una fuente de vida; el oráculo del amor.

Nos detuvimos a varios metros del límite de la esfera y ahí permanecimos de pie, mirando el prodigio.

– Trata de borrar cualquier idea que esté en tu mente para que logres atraer la fuerza benévola del oráculo.

Hice lo que la reina me dijo y cerré los ojos alejando de mi mente cualquier pensamiento. De pronto, cuando hube logrado un estado de paz interior, sentí un calor confortable envolverme. Pero no era precisamente un calor físico, sino que más bien era una sensación deliciosa de bienestar que recorría mi alma. Estuve sumergido en ese estado por lo que me pareció una eternidad, hasta que al fin entreabrí los ojos y vi que de la gran esfera brotaban tentáculos de luz que llegaban hasta el límite de la burbuja en la cual me encontraba. Permanecí conectado a esa corriente eléctrica hasta que sentí a mi percepción alterarse, entonces los colores oscuros de aquel mundo subterráneo se animaron y hasta en la atmósfera pude ver espectros y formas de colores vivos.

La reina me observaba con cara divertida, en el brillo de sus ojos leí una misteriosa expresión que me hizo sentir plena seguridad, alejando cualquier temor o duda. Para cuando me di cuenta, el oscuro salón al cual había entrado estaba convertido en un espacio lleno de vida y color, saturado de formas sutiles que danzaban por los aires, al ritmo de una melodía que en realidad era la alegre risa de la reina.

– Este mundo paralelo es donde las almas se encuentran para convivir en el amor – explicó la reina -, tras la fría apariencia de mi gente cada quien guarda una fracción del espíritu que conforma esta realidad a la cual has entrado. La esfera luminosa es un pórtico entre realidades, es el oráculo que los dioses me han comisionado preservar.

Apenas tuve tiempo para echar un vistazo al mundo de color donde los venusinos guardaban su más valioso tesoro, cuando la reina me dijo:

– Vamos de regreso, no vaya a ser que te quedes enamorado de los encantos que aquí se ofrecen y no seas capaz de continuar tu viaje.

Con tan sólo el deseo de regresar, juntos salimos de aquella dimensión sutil y volvimos a nuestros cuerpos. Yo di un paso para atrás, separándome de la luz que brotaba de la esfera y, volteando a ver a la pequeña reina, le dije:

– ¿Por qué no me has dejado permanecer dentro de la dimensión del amor, si ese es mi más alto ideal?

– Tan sólo fue una muestra de lo que hay, una vez que hayas concluido tu misión.

– ¿Cuál es mi misión? – le pregunté.

– Cuando yo estuve con los dioses y me pidieron cuidar la puerta de la dimensión en la cual acabamos de estar, también me dijeron que algún día vendría un dios con forma humana.

– ¿Y qué más te dijeron? – pregunté curioso.

– Bueno, en verdad no hablaron con palabras, pero lo que me dieron a entender fue que ese hombre tenía que recibir el mapa de las dimensiones.

Yo le pedí a la reina que continuara con su explicación pero ella guardó silencio y en vez de eso sacó un pequeño papel que traía doblado en su cinturón y se sentó en el suelo, donde lo extendió.  Me senté a su lado y observé que la hoja era transparente y que estaba grabada con símbolos incomprensibles para mí.

– No entiendo nada, ¿qué significa todo esto?

– Este mapa ubica las puertas dimensionales que hay dentro del Sistema Solar local, ahora no lo entiendes pues tu burbuja espacial está descifrando las imágenes. Llévalo contigo y, cuando salgas de este mundo subterráneo, comprenderás el siguiente paso en tu misión. Por lo pronto parece que has encontrado el primer oráculo.

La reina me entregó el mapa y luego se puso de pie pidiéndome que la siguiera. Volvimos al gran salón donde estaba el trono y ahí la reina-niña se despidió:

– Me encantaría que te quedaras a mi lado, compartiendo los tesoros del amor, pero ahora tienes que continuar tu viaje y rescatar todos los accesos hacia la realidad que acabas de conocer. Tu trabajo es de suma importancia para que los dioses puedan volver a vivir entre nosotros. El día que hayas logrado concretar tu misión nos volveremos a ver.

De inmediato aparecieron varios guardias quienes me escoltaron hacia afuera del palacio, antes de salir volteé hacia el trono desde donde la reina se despedía con expresión entusiasta, abanicando el brazo.

– ¡Qué tengas suerte! – la escuché decir antes de que las puertas del palacio se cerraran.

Los guardias me guiaron por entre los capullos metálicos hacia el túnel de cristal que me permitiría salir del mundo subterráneo. Cuando llegamos a la desembocadura de la cueva el jefe de los guardias tocó mi burbuja, con lo cual parecieron perder su forma humana y los volví a ver en sus cuerpos metálicos.

Me despedí y salí hacia la superficie del planeta, donde ya era de noche. Caminé por el cañón hasta llegar al desierto y por él continué observando el cielo nocturno donde una estrella azul brillaba con poder atractivo. “Ese es mi planeta” pensé, y me recosté en el suelo a contemplar su magnífica belleza mientras recordaba la hermosura de la pequeña reina y su infinito amor.

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