Tres altares para Mamá Leni

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Tu primer Altar de Muertos

Mi Mamá murió un 21 de Septiembre así que su primer día de muertos la tomó con tan solo 40 días de antigüedad. Mi primer muerto cercano, mi primer altar, ¿por dónde comenzar? ¡Flores, muchas flores! Pero en Monterrey no es tan fácil,  el altar de muertos no es tan importante como en el sur del país. Tuve que ir hasta el mercado en el centro para encontrar buenas flores: Sempasuchitl y Garra de León . Calaveras: de azúcar y amaranto. Perfecto, a comenzar.

Desde que llegué a la casa con los elementos base para el altar comenzó la dificultad. ¿Qué floreros utilizar? Ojalá y estuviera viva mi mamá para decirme. Y así ocurrió el primer milagro, Mamá Leni volvió del más allá y me indicó el lugar preciso donde estaban guardados.

Dejé las flores en agua mientras buscaba más elementos para el altar. Primero había que definir la mesa con sus respectivos niveles. La voz de Ami volvió a resonar en mi interior y me llevó justo a la esquina donde se encontraban esas tres mesitas de distintos tamaños y casi puedo asegurar que me indicó el lugar preciso donde se podría construir su homenaje.

Luego, entre los trapitos y garras descubrí el mantel y faldón que me permitirían comenzar a construir. Encontré la primera foto de mi difunda cuando era joven y la acomodé, inmediatamente pensé en las velas y veladoras, al voltear vi dos candelabros de plata y justo cuando me disponía a moverlos de lugar, volví a escuchar la voz de mi mamá que dijo:

“¡Ni se te ocurra!”.

Ahora la voz fue más clara, hubiera jurado que realmente resonó. Desgraciadamente no había nadie en la casa para corroborar mi percepción así que, para no entrar con conflicto, mejor dejé los candelabros en su lugar. Encontré el gran lirio que sus amigas le regalaron mientras permanecía en cama y que usamos en su funeral, y encendí el fuego.

Volví a preparar los floreros pero me di cuenta que muchas flores estaban rotas de pabilo así que tuve que cortarlas y encontrar otro recipiente pequeño. Fue entonces que vi una charolita plateada del juego de te y me pareció ideal.

“Estás loco si crees que la vas a usar” -volvió a resonar la voz de mamá.

-Pero mamá -tuve que responder -, es solo un adorno.

“Sobre mi cadáver” -concluyó.

Después de pensarlo un momento tomé aquellas palabras como un consentimiento. Cuando comencé a acomodar las flores, en el momento preciso que colocaba la mentada charolita de plata, fue que sentí al espíritu de Mamá presente en el altar. Tal vez en efecto su cadáver se retorció en ese instante, pero de eso se trata eso de despertar a los difuntos en su día, ¿qué no?

“¡Hay hijo!” volví a escucharla exclamar, “¡qué bárbaro!” y se rio.

Como que la charolita fue el detalle que rompió el hielo y a partir de ese momento el recuerdo, ahora con voz y alma, fue una presencia evidente.

“¡Pero esa foto no me gusta!” dijo.

-A mí me parece hermosa, estabas jovencita.

“Esa foto es de antes de que nacieras, pon una más reciente, para que me reconozcan y esa llévatela luego a tu casa.”

-Ok mamá.

Ya había hurgado y la verdad no había encontrado mucho, cuando me percaté que justo a un lado del altar estaba un álbum donde encontré la foto adecuada de ella festejando su 70 aniversario. La coloqué en el altar y, para mi sorpresa, no hubo objeción.

Comencé a acomodar los floreros, primero en las cuatro esquinas del altar y luego las pequeñas charolas en cada nivel.

“¡Qué bonitas hijo!, me encantan esos floreritos pequeños, a mi no se me hubiera ocurrido”.

Eran los de las charolitas de plata, ¡ahora resultaba ser que fueron una gran idea! Parece que los muertos son más olvidadizos y menos orgullosos que los vivos, cuando menos no se obsesionan con pequeñeces.

Muchas de las flores, sobre todo las amarillas venían rotas así que corté los botones y las acomodé en distintos lugares del altar.

¿Qué más, qué le hace falta?, observaba mi obra aún insatisfecho. Bajé a lo que fue el armario de mi madre y allí encontré la foto de una virgen, creo que la virgen de Mater, la acomodé en el nivel alto del altar, luego coloqué las calaveras de azúcar y amaranto aquí y allá.

Ya era de noche, el atar de muertos parecía estar tomando forma, el lirio encendido iluminaba indirectamente la foto de mi mamá, con esa imagen me fui a dormir.

Pero la verdad no dormí bien, la visión del altar giraba en mi mente y su voz parecía hablarme expresando una especie de gratitud y queja, pues el altar no estaba terminado.

Me levanté antes de amanecer, pare seguir con la obra inconclusa, caminé por la casa que hasta hace poco fuera de mi mamá observando los adornos y objetos de significado. Me di cuenta que la casa entera era un altar, un homenaje a la vida de una persona, más que eso, era la materialización de toda una vida expresada en cada detalle, con extremo cuidado y mucho significado y podría decir emoción. Encontré fotos de abuelos, hijos y nietos, recuerdos de viajes, colecciones, regalos, cada cosa en un lugar elegido, centrado, puntual. La casa que ahora era solo de mi papá es un homenaje a mi mamá, todo objeto, el mismo diseño de la casa tiene un propósito, es como si ese hogar fuera un legado tangible, en cada rincón se sentía el alma de mamá.

Encendí el cirio y me coloqué enfrente del altar en proceso de construcción, cerré los ojos y me tendí en el suelo a dormitar un ratito más. Entre sueños me pareció escuchar el piano interpretando a Bach, Chaicobsky, Motzar, Bethoven, todas las melodías que mi mamá una y otra vez repetía en su constante estudio. Recordé la voz de mamá que se había manifestado la noche anterior y solo pude dar gracias, muchas gracias, a Dios, a Ella, gracias a mi alterada imaginación por haberme dado esa gran oportunidad.

Me levanté y me dirigí hacia el piano frente al cual me senté e hice sonar una notas, creo que había permanecido en silencio desde que el cáncer comenzó  a ganarle la batalla, al articular los martillos y golpear las cuerdas el mecanismo completo pareció adquirir vida, las cuerdas vibraron y mis dedos, como si fueran guiados por una maestra, lentamente comenzaron a soltarse, haciendo vibrar la sala de estudio y la casa entera. Estoy convencido que mi mamá escuchó con claridad y la mera verdad no estoy seguro si se puso contenta o furiosa, ya que aunque le encantaba la música no le gustaba nada que tocaran su piano, y menos por unas manos inexpertas como eran las mías. Aunque no se escuchó una voz que se opusiera a mi intento, así que seguí, deleitándome con el ritmo, intentando despertar a mi muertita otra vez.

Me quedaba poco tiempo para terminar el altar, no necesariamente porque ya fuera el día de todos los santos sino por el hecho que al día siguiente tenía que tomar el vuelo de regreso a mi casa en Cancún. La razón del viaje era justamente construirle a mi mami su primer altar.

Con ganas de terminar de armarlo durante esa mañana comencé a acomodar todas las flores en los tres niveles del altar, incluso en el piso creé un cuarto nivel. Se comenzaba a ver bien pero atrás en la pared había un cuadro que no embonaba con la intensión que le quería dar a ese espacio así que bajé al estudio donde en la pared colgaba la foto de mi mamá Leni cuando era una niña, tal vez de dos años. Con su permiso la coloqué en lugar del otro cuadro y fue entonces que un halo de inspiración me llegó y comencé a pensar en una serie de necesidades, de aquellas cosas que le gustaban cuando estaba viva. Pues la celebración no se trata de una simple veneración a los muertos sino que realmente se pretende seducirlos con aquello que les agradaba para que vuelvan una vez más a compartir un pequeño manjar con los vivos.

Entre los cajones del comedor encontré la campanita con la cual llamaba cuando ya se le hacía difícil caminar, la coloqué en el primer nivel del altar y la hice sonar: Tilin-talan…tilín-talan un par de veces, vi como el fuego pareció danzar y volví a sentir ese aire misterioso, aquel escalofrío que anuncia una revelación.

Me acordé que mi primo Ricardo, el carpintero, cuando en el funeral de mi madre vio la urna que habíamos comprado para colocar sus cenizas se ofreció para fabricarle alguna mucho más bonita y con corazón, mi padre me la había mostrado cuando llegué y pensé que sería un buen detalle en el altar, y aunque en sí sus cenizas no estuvieran, el solo objeto tenía un gran significado y más aún por el hecho que la placa ya estaba colocada que leía: “Leni Schott de von Bertrab”.

Cuando me di la media vuelta para ir por la urna de reojo noté que había alguien sentado en la silla del comedor. Supuestamente estaba solo en casa, mi papá había salido a su desayuno. No quise comprobar ni tampoco ignoré y seguí mi camino. Cuando volví y coloqué la urna funeraria justa atrás de la foto volví a escuchar la voy de mamá Leni preguntar:

“¿Porqué me incineraron?”

-¡Mamá! –mientras volteé vi que allí estaba mi mamá sentada en su silla de mimbre.

“¿Qué acaso no saben que los cuerpos de los cristianos se entierran?”

-Hay mamá, disculpa, no sé –me sentí realmente contrariado y continué,

-Mi papá ya tenía contratado el servicio.

Casualmente acerqué la otra silla de mimbre, que por cierto mi mamá las tenía de adorno y no precisamente para ser usadas, pero aun así tomé el riesgo y me senté a su lado.

“En realidad no importa”, dijo al fin después de un prolongado silencio. “, esas son cosas, costumbres, de los vivos, que poco importan cuando estás del otro lado.”

Suspiré aliviado y pretendí que todo aquello era normal y cotidiano. Quería tomarla de la mano, abrazarla y besarla pero me contuve, suponiendo que solo era una fantasía, una alucinación, un simple efecto espectral…que no quería perder de vista.

-¿Ya desayunaste mamá, te preparo algo?

“Cualquier cosa hijo, ya sabes lo que me gusta”.

Me puse de pie y caminé hacia la cocina desde donde volteé para comprobar que allí siguiera.

-No tardo nada mamá, ahora te lo llevo, espérame allí.

“Yo te espero hijo, que al cabo tengo TODO el tiempo.”

¿Qué desayunaba mi mamá, qué le gusta? Pan de muertos, sí, allí lo tenía, lo serví en un plato para ella y otro para mí. Herví agua y preparé té para ambos. Al volver con su desayuno inmediatamente me dijo:

“Colócalo en el altar” y así lo hice.

Luego fui por el mío y volvía a sentarme a su un lado.

Desayunamos juntos una vez más. Yo intentaba dar mordidas pequeñas y masticar despacio para que aquel momento durara lo más posible, tratando de mantener la postura y la sobriedad, no la fuera a ahuyentar con algún sobresalto.

“Muy sabroso, hijo. Pero estaría aún mejor si encontraras la mermelada de membrillo que escondí atrás, en la alacena”.

Mermelada de membrillo, de las que ella fabricaba, ¡había aun frascos escondidos, qué maravilla!

-¿Dónde?

“Tras la puerta falsa de la alacena donde están los ingredientes de repostería, allí está el tesoro”.

Y vaya que lo estaba. Había docenas de frascos de la famosa jalea de membrillo de Ami. Las tapas estaban etiquetadas con fechas, acomodadas por cosecha. Tomé una y la llevé hasta el altar.

“Ya vez, ahora se ve mejor, más apetitoso.”

-Sin duda. ¿Me regalarías un frasco para llevarla a Cancún y compartirla con mis hijos? –pregunté.

“Claro, si para eso son. Para que mis hijos y mis nietos recuerden el amor que les tengo. Por eso los dejé allí.”

-Pero no le dijiste a nadie.

“Tampoco nadie me avisó que me iban a incinerar.”

-Pues no, ya ves como la muerte es un tema tabú y poco se habla de ella y menos aun al enfermo que está por irse.

“Se debería de hablar mucho más de ella.” hizo una pausa que me pareció infinita y luego, mientras observaba el altar continuó:

“Esa imagen de la Virgen de Mater que colocaste allí, me acompañó la vida entera. Yo sé porqué decidiste ponerla, pero la verdad en la muerte jamás la vi, ni escuché su voz rogando por mi alma, nada, lo que se apareció fue una catrina sofisticada, un esqueleto amable que me dio la bienvenida y me introdujo al más allá. Tardé poco en comprender que ni la catrina ni la virgen serían mis anfitrionas sino que fue hasta el momento que reconocí a mi hermana Eva, la que murió a los dos años cuando yo a penas era una niña de Cuatro. Me convertí en niña y Evita me reconoció, la tomé de la mano y caminamos juntas hacia la luz, allí estaba mi papá, joven también, mi mamá se veía feliz, mis abuelos…todos mis muertos presentes me dieron la bienvenida, parecía que sabían que había llegado mi tiempo y la mesa estaba servida…como tu altar.”

Me levanté de mi silla y retiré la imagen de la virgen, bajé a lo que había sido su recámara y busqué fotos de Evita, de su papá y de su mamá y volvía a subir para colocarlas en el altar.

-¿Cómo ves mamá, así?

“Mejor, claro, ya me estás entendiendo”.

-Me da curiosidad eso de la Catrina, platícame más.

“La huesuda” se río al decirle así “, una mujer elegante pero muy arrogante, decía ser la Señora de la muerte y presumía poseer las llaves del paraíso. Me mostraba un enorme llavero que llevaba a la cintura, como si realmente de ella dependiera si el destino sería el cielo, el purgatorio o en infierno. ”

-¿No te dio miedo?

“Pues claro que me dio miedo, acababa de morir, pero que podría ser peor que aquella lenta agonía que sufrí en vida. Vencí el miedo pronto y fue cuando vi a mi hermanita acercarse contenida en su aureola de luz. ¡Hermosa!”

Fue entonces que noté que la imagen de mamá que veía sentada a mi lado estaba en efecto contenida en un halo de luminosidad sutil.

-Tu hermana Evita y tú de niñas, ¡qué maravilla mamá!

“Sí hijo, maravilloso y mi mamá y papá viéndonos jugar, tal y como cuando estábamos todos vivos.”

-¡Qué bonito mamá!, espero que cuando a mí me toque la hora tú estés allí esperándome.

-“Tenlo por seguro hijo, aquí estaré esperándote. Pero no te tienes que esperar a morir, como ya te puedes dar cuenta, para verme. Solo recuérdame y estaré contigo. Soy real, es un hecho que los vivos y los muertos mantienen el vínculo de la memoria y del amor. Si me piensas vivo en ti.

-Te pienso mucho, no solo por el tiempo que pasamos juntos, sino que al verme en el espejo reconozco toda esta genética que me heredaste. Te veo en mí, sé que estás conmigo de muchas y distintas maneras.

 

Pasamos el desayuno platicando de cosas importantes: como el amor, la vida y la muerte, después de un silencio prolongado, al voltear a verla ya no estaba. La silla estaba vacía y me encontraba solo, no pude contenerme y mis ojos se llenaron de lágrimas. El llanto fue un alivio para mi alma, como un elixir concedido desde el más allá.

Al llegar mi papá a casa yo había recuperado la compostura y cuando vio el altar procedió a sentarse en la silla de mimbre y dijo:

-¡Qué bonito!

Dejé a mi papá frente al altar de muertos de su esposa y yo aproveché para salir a la calle en busca de más adornos. En la plaza encontré un pequeño mercado ambulante y allí compré la pintura de una catrina: con su cara blanca sonriente y utilizando sombrero negro de copa ancha.

Al volver a la casa coloqué a la “catrina” en el altar. En ese momento sentí que la ofrenda estaba terminada y permanecí atento por si mi mamá, o su espectro, volvía. Pero pasó el día y no llegó. Fue hasta la noche, poco después de que mi papá se retirara a dormir que volví a sentarme frente al altar. Recordé la conversación que tuvimos por la mañana y no solo eso sino que recordé las conversaciones diarias que teníamos mi mamá y yo. Mi memoria estaba llena de ella, y no solo de los últimos años que hablábamos por teléfono de forma diaria sino de toda una vida de enseñanza y consejo. Mi mamá siempre me dio todo lo que creía mejor y con eso me quedé, con su esencia, con su amor.

Para disfrutar aún más el momento puse música y suavemente comencé a mecerme en una lenta danza. Mientras cerraba los ojos y me dejaba llevar por la emoción sentí que Leni bailaba conmigo, supe perfectamente que allí estaba y continué, disfrutando aquella danza con la muerte, aquel baile con el amor.

Cuando abrí los ojos la sorpresa que me llevé fue al darme cuenta que quién conmigo bailaba era la catrina quien sonriente me miraba.

“Qué feliz me has hecho.” Dijo.

-¿Quién eres? –pregunté sorprendido.

“Soy la misma que viste”.

-¿Quién? –no salía de mi sorpresa.

“Tu mamá menso.”

Lo dijo de cierta forma que en efecto reconocí a mi madre.

-¿Mamá?

“¿Qué no te estoy diciendo? Claro que soy yo. Pero ahora no me reconoces porque ya estoy muerta, y todos los muertos nos parecemos.”

Guardó un pequeño silencio después del cual continuó:

“Este esqueleto en que me ves obviamente ya no existe, ¡pues me incineraron!, pero los muertos nos parecemos a lo que los vivos quieren recordar. En tu mente puedo ser niña, joven, adulta o vieja, puedo ser hija, esposa, madre o abuela, he sido todo eso y permaneceré siéndolo mientras haya alguien que se acuerde de mí. Esa es una de las ventajas de estar muerta, pasas a ser atemporal.”

Yo seguí bailando. Definitivamente estaba sorprendido, impactado, pero fuera cómo fuera no quería que aquel momento terminara, quería saber que mi muertita estaba allí conmigo, quería creer que así sería por lo que me resta de vida.

“Te voy a explicar:” me susurró al oído mientras yo continuaba bailando “ Todas las religiones, las filosofías, las doctrinas humanas son tan limitadas, no llegan ni a describir mínimamente lo que es la experiencia de morir. Dejar de respirar, dar el último aliento es abrir un portal hacia el mundo de las almas, allá los cuerpos no existen y por lo tanto no hay límites que nos separen ni divisiones que nos hagan diferentes los unos de los otros. Imagina una realidad sin fronteras, sin diferencias, sin apariencias, una realidad compuesta de emoción pura. Y ese flujo de emoción y sentimiento fluye como un río caudaloso que pronto se convierte en mar, y ese mar se transforma en nube y la nube sube hasta la luna, hasta las estrellas, traspasa al sol y su potencia, abarca la totalidad de hoyos negros, nebulosas y galaxias. La muerte es Dios, quien está presente aquí ahora, pero no se hace evidente más que a través de su creación. Al morir te conviertes en el conjunto de todo y lo único que queda es la memoria, el amor, que es justamente quien me trae hoy aquí…”

Seguimos bailando hasta el amanecer, la melodía que me mecía de un lado a otro era el susurro que escuchaba en el oído, dulce música que deleitaba el ambiente mientras las cortinas que dividen a los vivos de los muertos se abrían ante el espectáculo del amor. Lloré como nunca había llorado, estaba conmovido ante la inmensidad que se me había revelado. Por la ventana noté que la noche estaba cediendo ante el primer resplandor de la aurora. Me detuve frente al altar y me incliné de rodillas agradecido, quería rezar como mi madre me había enseñado pero ni el padre nuestro ni el ave maría tenían sentido. Busqué en mi corazón y en silencio oré:

“ Madre Leni, que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, gracias por compartirme tu reino, por convidarme de este suculento manjar. La vida te la debo, sin tu amor yo no sería. Te llevaré en mí cada día, por siempre, como un tesoro invisible y silencioso. Te quiero mucho y…salúdame a Dios por favor.”

 

Al amanecer preparé mi equipaje, acomodé el frasco con mermelada de membrillo y desperté a mi papá quien me llevó al aeropuerto. El viaje había cumplido su propósito.

 

 

 

 

 

Segundo Altar

 

Ahora tenía que hacer el altar en mi casa de la Selva, cerca de Cancún, donde vivo. Recién aterricé del viaje mi esposa Tania y mis hijos Camila y Mateo fueron al aeropuerto por mí.

-Directo al Mercado –pedí -, tenemos que hacerle el alta a la abuela que mañana es el día de los muertos.

Como en la mayor parte de los mercados del país la oferta de flores, veladoras, dulces, tamales y adornos para el altar era abundante. Primero las flores: “Sepasuchitl” la amarilla en abundancia, luego un par de docenas de “Garra de León”, la roja aterciopelada y mucha “nube” blanca para complementar. Pan de muerto, mucho pan para compartir, calaveras de dulce, catrinas de madera y veladoras, media docena de ellas más una para que sean siete en total. Uno…dos incensarios y medio kilo de incienso de copal. Con eso para la decoración. Frutas de temporada, chocolate para merendar.

Llegamos a casa con el cargamento e inmediatamente procedimos a comenzar. Hace un par de años mis papás vendieron su rancho donde tenían guardados la multitud de muebles y objetos de interés que habían acumulado durante su larga vida. Tuve la oportunidad de recibir todo aquello que nadie quiso, renté un camión de mudanza para traer hasta Cancún todos los muebles y objetos del rancho, que para mí poseían un valor emocional inmenso. Así es que tenía a mi disposición prácticamente un tesoro de objetos para el altar de mi mamá. Acomodamos la mesa redonda, que había sido la mesa del comedor de casa desde que yo tengo memoria, a un lado de la ventada. Desde Monterrey había traído un mantel de encaje con el cual cubrí la mesa, luego coloqué las cenizas de mi madre en el centro. Bueno, mi parte, ya que solo pude rescatar una quinta parte de los dos kilogramos que pesó mi muerta después de incinerada.

Fue una odisea conseguir mi parte de las cenizas, las creencias religiosas de uno de mis hermanos provocaron que el hecho de llevármelas fuera prácticamente un sacrilegio. Pero lo hice, mi madre me lo había pedido antes de morir y así lo cumplí, yo sé que una quinta parte es un compromiso parcial pero en cuanto a cenizas de un difunto se refiere supongo que una fracción es representación del todo.

Quedé de llevar sus restos a distintas partes del mundo y esparcirla entre los elementos, ella dijo que una parte de sus cenizas se fueran a Torreón donde están sepultados los cuerpos de sus padres y hermana, otra parte llevada hasta Alemania de donde guardaba hermosos recuerdos, pero yo tenía la intensión de llevarla por muchos lugares más. De hecho después de haberme reclamado mi parte, sin decirle, a nadie esparcí un puñado en su cuarto, en su jardín, siempre en la tierra donde hubiera plantas, cubriendo los cuatro puntos cardinales del sitio de su muerte, que igual fue el espacio donde más tiempo pasó de su larga vida.

Tengo que aceptar que desde el mismo momento que la urna con las cenizas de mi madre entró a mi casa la mesa del comedor ya era un altar activo con su foto, flores y veladoras, objetos que fueron de ella y los que para mí tenían un significado ritual. Siempre acompañados de incienso, agua y alimentos. Cada almuerzo, cada comida y cada cena brindaba con mi madre y cada vez que salía o entraba a la casa la saludaba de forma casual:

-Ya llegué mamá…ya me voy Mamá.

Hasta me llegue a sentir un desquiciado pero la verdad la costumbre me agradó ya que mantenía presente la memoria de mi muerta y eso vale más que la locura.

Pero ahora se acercaba el día de muertos y tenía el pretexto perfecto para dedicarle tiempo a su recuerdo y a enfocar mi esfuerzo y creatividad en construir un espacio simbólico digno del amor que le guardo.

Alrededor de las cenizas dos veladoras. Tania y mis hijos acomodaron flores, muchas flores. Arrimé el baúl, que fuera la maleta de viaje de mi mamá cuando estudió en el internado de monjas en sus años de adolescencia para que fuera el nivel inferior y lo cubrí con un mantel con bordados mexicanos que fue de su rancho.

La foto principal fue una de cuando mi mamá era niña, una hermosa postal de estudio probablemente de principios de los años cuarenta. En la Imagen se veía a la niña Leni, la misma cara, la misma mirada que siempre reconocí. No pude resistirme y saqué las fotos de adolescencia y juventud que había conseguido.

Mientras mis hijos y Tania decoraban con flores los dos niveles yo salí para hacer una fogata y así tener brazas para quemar la resina de copal. Durante mi vida de mexicano había aprendido que el incienso de copal era una parte indispensable para un buen ritual, siempre entendí que a los espíritus, en este caso a los muertos, les agradaba el humo y el aroma de la resina.

Al volver con mis brazas en ascuas y colocar sobre de ellas la piedra de resina amarilla, similar al jade, mi sala entera se llenó de humo y pareció que repentinamente entramos en una densa nube blanca. Hubo que abrir puertas y ventanas para ventilar la habitación.

La decoración de flores era hermosa: por detrás, en el fondo la “nube” blanca y la “garra de león”, entremezclada con la abundante “sempasuchitl” cuyos botones amarillos se derramaban sobre la mesa formando una cruz en frente de la urna y que dibujaban con su color la circunferencia de la mesa y el cuadrilátero del baúl. Si mirabas el altar de frente se veía perfectamente un círculo sobre un cuadrado. Y el par de docenas de flores amarillas que habían sobrado las habían colocado en una canasta en el piso.

Acomodamos cuatro cojines en el suelo, haciendo una media luna para sentarnos frente a nuestra obra de adoración.

-Ahora sí –dije – a compartir.

Después de apreciar un momento nuestra obra fui por los panes y la mermelada. Coloqué un pan en la parte superior para mi difunta y la pieza grande en el nivel inferior para compartir. Cada quien cortó un trozo y comimos acompañando con un chocolate caliente que previamente mi mujer había preparado.

Fue muy satisfactorio ver aquella obra concluida y compartir con mi familia el primer día de muertos de la abuela (Ami). Mientras comimos hablamos de ella y recordamos el cariño que a todos nos proporcionó en vida y les conté fracciones de la historia de su vida que me había contado con el objetivo que escribiera su biografía.

Una vez que nos terminamos el chocolate y que estuvimos satisfechos con el pan saqué el rompope de las monjas y por primera vez brindé con mis hijos en honor a mi madre, su abuela, que invocábamos. Después de rompope saqué el mescal y brindamos nuevamente, obvio a que a mis hijos no les gusto y allí me lo dejaron pero mi esposa y yo seguimos brindando, tomando inspiración para continuar con el festejo y con la elaboración del altar.

Música de Lilia Downs, aroma de copal, sabor a mezcal con un dejo de rompope. Los elementos del altar siguieron moviéndose y evolucionando, como si fuera una organización celestial alrededor de las fotos y las cenizas de la abuela, los objetos se colocaban y se movían creando el efecto de giro, como si fueran planetas orbitando alrededor de su estrella.

Entre las compras del mercado habíamos conseguido una catrina de madera de tamaño real, articulada y pintada a mano con esa gracia que posee nuestra artesanía mexicana. Acomodamos a la catrina en su silla a un lado del altar, dejando a su lado un par de vacantes para que Ami bajara del cielo a visitarnos y se sentara a platicar.

Pasaron las horas y la botella de mezcal se consumió. Los jóvenes eventualmente se durmieron y mi mujer se retiró a su cuarto quedándome solo con el altar, el esqueleto, las cenizas y esa silla vacía, esa vacante, ese vacío que en cualquier momento podía llenarse.

Eventualmente fui yo quien cabeceaba de cansancio frente al altar hasta que de plano caí en el sueño. Pero fue muy breve ya que una risa me despertó. ¡Era mi Mamá, Leni!, ahí estaba…sentada en la silla, a un lado de la catrina de madera mi madre en carne y hueso, a menos así lo aparentaba, más bien era mi madre tal como la recordaba. Se veía delgada por la enfermedad pero muy feliz.

-¿Cómo se te ocurre ofrecerme mezcal? –dijo mientras estiro para alcanzar su copa tomando un sorbo de su vaso -, nunca lo había tomado. ¿lo puedes creer: 77 años y no había probado el mezcal, qué mala mexicana, no?….

-No mamá, claro que no, si tu no tomabas nada o al menos no lo recuerdo. Eras muy sana.

-Un poquito de vez en cuando, una copita de vino y ya, siempre fui muy medida, demasiado tal vez, ¡pero tú!- y me volteó a ver.

-No, pues yo sí, me declaro culpable de haber gozado de la vida y haber abusado de algunos deleites. –acepté.

-Bien haces hijo, o bien habrás hecho, la vida es muy corta…77 años…pensándolo bien no es tan corta, es suficiente.

-Larga vida diría yo, más si la viviste como lo hiciste.

-Pues sí, en verdad no me puedo quejar, mi vida fue buena. Por eso me gusta volver a visitar. Más aún si me ponen una mesa tan hermosa como esta. Te luces hijo.

-Gracias mamá, esa fue mi intensión.

No podía creer que estuviera hablando con mi difunta allí nada más pero no dudé, le di un trago a mi mezcal y continué:

-Mamá, ¿de verdad eres tú?

-Claro sonso, mírame –e hizo un movimiento articulado y gracioso para mostrarse, como cuando estaba viva.

-Como cuando estabas viva –repetí mi pensamiento en afirmación, allí estaba… claro… tal cual.

Ella tomó un poco de mezcal luego se recargó en su silla a un lado de la catrina y continuó:

– No sabes cuánto gusto me da que me hayas invocado nuevamente. Eres un hombre de Fe.

-Lo soy, en efecto, ya ves.

-Lo veo hijo, te veo…me ves…nos vemos.

-Nos vemos.

La situación completa era surreal, pero estaba ocurriendo. No dudé y mantuve la fe al preguntar:

-¿Cómo es el mundo de los muertos?

-No hay mundo hijo, ¿cómo crees? La otra realidad, el más allá es tan amplio y tan extenso que ni todo el universo podría abarcarlo, ¿te imaginas?

-Pues no -, tuve que aceptar -, me cuesta trabajo.

-A ver…-permaneció pensativa un momento -, mira tu altar, ¡cuánta belleza!, ¿no crees?, mira al fuego, penetra su oscuridad.

Permanecí observando las velas y me acordé que eran siete así que procedí a encenderlas todas para acomodarlas en semicírculo frente a las cenizas, todas sobre recipientes de barro.

-Muy bonito, cada vez está mejor –opinó ni mamá -, ¿de dónde dices que conseguiste esos platitos de las velas? –preguntó

Estuvimos en silencio mientras hacía memoria hasta que me acordé que venían de nuestro viaje a la India:

-Son de Puskar un pueblo sagrado en la India a donde fuimos de vacaciones.

-Nunca había escuchado.

-Pues te platico: el pueblo en realidad es un importante centro de peregrinaje para los que creen en la religión hinduista. Es uno de los cinco centros sagrados que todo creyente tiene que visitar cuando menos una vez en su vida.

-¡Qué interesante!, ¿y cómo es que trajiste estos platitos?

-Bueno es que el lugar era todo un espectáculo. Había tempos para todos los dioses, así que ríos de devotos creyentes llegaban en peregrinación y se bañaban en las aguas de la laguna. Una noche de pronto vimos cómo se comenzaron a encender miles de velas que un grupo de peregrinos acomodaron en toda la circunferencia del lago. Se llenó de gente, música, cantos, alegría. Los peregrinos saludaban con amabilidad y evidente regocijo. Luego, así como llegaron se retiraros dejando miles de velas ardiendo. Conforme se fueron extinguiendo recogimos algunos platitos que los fieles habían dejado.

-¡Mira!, con razón me llamaron la atención. Tienen significado.

-Seguramente, mucho.

-¿Qué crees que hacía toda esa gente?

Me hizo pensar, recordar aquel viaje tan intenso, pero en específico la sorpresa de aquel momento en que las velas encendidas iluminaron la noche y las aguas del lago sagrado fueron como un espejo de la ceremonia. La música, la gente, la alegría…fue un momento mágico, puedo casi decir que surreal.

-Había mucha fe, mucha devoción, fue un momento donde el tiempo dejó de existir. Para todos ellos fue algo muy especial, y obvio, para mí también.

-Lo veo, tú también tienes fe…ya vez, aquí estamos.

-Si pues sí, me contagiaron la devoción.

-La devoción a los muertos.

-Supongo…-afirme.

-Sí, yo te lo digo, los vivos adoran a los muertos. Ya vez como nosotros los cristianos adoramos a un hombre muerto.

-Hay mamá, de verdad quieres entrar en temas de religión. Ya sabes que yo soy un rebelde y, aunque he estudiado la biblia y comprendo el cristianismo, no estoy de acuerdo con la doctrina y la práctica de su fe.

-Y haces bien hijo. Duda de todo lo que hayas leído o te hayan inculcado. Crea tu propio criterio, llega a tus propias conclusiones.

-Y así lo he hecho, en muchas ocasiones contrario al resto de mi familia y a la sociedad en que vivo.

-¡Qué bueno hijo! –tomó otro trago de mezcal -, si supieras lo que ahora yo sé –y se comenzó a reír.

-¿Qué quieres decir?. Comparte, no me dejes con la duda – tomé el resto de mi bebida y me serví otra vez, al quererle servir a mi mamá me percaté que aunque parecía que estaba tomando conmigo en realidad el vaso seguía lleno. Pretendí que el hecho no me sorprendió e insistí -, anda cuéntame.

-Todas las religiones del mundo no son más que un cuento. No tienen nada que ver con Dios y el mundo de las almas, son una simple aspiración de lo divino a través de la literatura y el rito. Es válido, no digo que no.

-Qué más nos queda, somos humanos.

-Bueno, en realidad hay muchas opciones. Yo sé que el ser humano por naturaleza es limitado, pero en la vida puedes desarrollar tu alma para al momento de la muerte tener mayor libertad.

-No te entiendo, ¿qué quieres decir?

-Sí, mayor fuerza. Por eso la fe y la devoción son deseables, aunque la religión no sean más que una simple pantalla donde se ven a sí mismos reflejados y no necesariamente encuentran a Dios.

-De acuerdo. Yo he buscado a Dios en la religión, en los libros, en la naturaleza, en el cielo, en el amor y, pues no, aún no lo he encontrado.

-Eso crees porque estás vivo, pero El si te conoce. Sabe lo que hay en tu alma, tú eres su reflejo.

-¡Órale!, me encanta ese concepto.

-Dios existe hijo, tenlo por seguro, hay un creador que es el centro de todo y que está dentro de ti.

-Háblame más de él.

-¿De verdad quieres saber más? Cierra los ojos.

Al hacerlo fue como si cayera en un hoyo negro de profundidad insondable, como caer en un sueño profundo con paz y armonía. A lo lejos pude escuchar mi nombre…

“Amor…Amor…despierta” Al abrir los ojos era Tania.

Ya era de mañana y me había quedado dormido a un lado del altar, algunas velas se habían consumido.

-¡Mamá! –dije al despertar.

-No mi amor –me tranquilizó mi mujer -, tu mamá ya no está.

-Sí está –dije con seguridad -, aquí estuvo conmigo platicando.

-Hay mi amor – dijo mi mujer mientras me abrazó.

De parte de mi esposa había una genuina preocupación por mí, haber hablado con mi difunta debió parecer una señal preocupante. Mientras me abrazaba con fuerza supe que estaba llorando lo cual provocó que llorara yo también. Así comenzó un llanto prolongado, delicioso, un llanto de mi parte gratificante, lloraba por el privilegio de haber pasado una noche más con mi difunta, con mi madre en una velada solitaria.

Durante esa mañana mis ojos no dejaron de derramarse, las lágrimas continuaron fluyendo mientras encendía nuevas verlas. Preparé el almuerzo y mis hijos al verme me abrazaron, comenzó el día con mucho sentimiento. Pero no era tristeza, aunque así pareciera, yo lloraba de pura alegría, aunque no lo decía, sentía a mi madre presente. Aunque no se mostrara yo sabía que allí estaba: sentada a un lado de la catrina. Le serví su desayuno también.

Mis hijos al fin lloraron, tal vez por su juventud habían evitado el tema de la probable muerte, me rehuían cada vez que les explicaba que su abuelita se iría. En su mente no cabía la posibilidad, pero ahora que la muerte era un hecho consumado, estoy seguro que añoraban esa última llamada, ese último abrazo, que no tuvieron oportunidad de dar.

Para los jóvenes por lo general la muerte es muy lejana y así les gusta mantenerla. Es el lugar donde los abuelos se van. Pensar diferente es asumir la posibilidad que cualquiera puede morir y eso en la juventud no es deseable. Pensar en la muerte de un joven o un niño es demasiado doloroso, tanto así que no se ha inventado el término que define al padre que se le muere un hijo. Tenemos huérfanos y viudos, pero padres sin hijos, no lo queremos ni nombrar, indeseable. En el caso nuestro afortunadamente la muerte fue un suceso normal en la vida de cualquiera: el momento en que el abuelo se va. Un hecho tan normal y cotidiano como el nacimiento de un niño. Es el ciclo de la vida y de la muerte, este ciclo en que todos vamos avanzando, arrastrados por una fuerte corriente espiral: el tiempo y la eternidad que es su centro.

 

 

Tercer Altar

 

Fue una hermosa mañana, llena de emoción: desayunamos tranquilamente, les platique a mis hijos historias de su abuela y de otros difuntos de la familia. Tania incluyó en el altar las fotos de sus dos abuelas quienes también se habían despedido en años recientes. Fue tanta mi inspiración que extraje de la urna una pizca de las cenizas y con todo respeto las esparcí alrededor de mi casa, en la tierra, en las plantas.

 

Entrada la tarde me llamaron del trabajo preguntándome que si iría. En realidad pensaba tomarme el día pero mi asistente insistió que había algún pendiente así es que me preparé y asistí.

Desde que llegué al estacionamiento noté que bajo una terraza a un lado de las oficinas habían construido un altar. Inmediatamente me di cuenta que mis compañeros le habían construido ese homenaje a mi mamá. Incluso se habían tomado la confianza de colocar la foto que tenía en mi oficina. Pero este altar era mucho más elaborado que los que yo había construido en días anteriores. Aquí había tamales, pan de maíz, muji pollo, café, mucha fruta y una serie de platillos regionales acomodados en jícaras de manera tradicional. En el fondo habían armado con mucho cuidado un arco hecho de bejucos cuidadosamente entretejidos de manera artesanal del cual colgaban más jícaras con alimento también. La cruz estaba tejida con hoja de palma. Hasta en el suelo habían dibujado una cruz de flores amarillas y rojas. Era hermoso el altar, vivo, hecho con todo el conocimiento, cariño y amor, pero amor hacia mí pues a mi madre ni siquiera la conocían.

Mientras contemplaba el hermoso regalo que me estaban haciendo un pequeño grupo de compañeros, seguramente los que participaron en su construcción, la mayor parte de ellos gente de origen maya, me acompañaban.

-Está muy solita mi mamí en un altar tan bonito –les dije – ¿Qué a caso ustedes no tienen algún muertito?, vamos a compartir este espacio tan especial.

Después de agradecer a todos los presentes hice oración en silencio y me retiré a mi oficina a ver los pendientes. En realidad no había nada especial, solo querían que viniera a ver el hermoso altar. El mejor regalo que he recibido en mi vida, ¡qué detalle!, qué afortunado me sentí por tener tanto cariño en mi entorno.

Me distraje revisando correos y cuando finalmente salí de la oficina ya oscurecía y mis compañeros se estaban retirando. Volví al altar que ahora se iluminaba con la luz de las veladoras y vi que se habían colocado otra media docena de fotos y objetos que hacían honor y brindaba memoria a otros muertos. Permanecí un buen rato contemplando el altar, me daba gusto saber que mi mamá estaba bien acompañada.

Coloqué un poco de resina de copal en el incensario, sobre las brazas de carbón que permanecían encendidas, corté un trozo del pan de maíz y lo comí, más que como un alimento como un gesto de comunión. Yo supongo que pasé un buen rato allí pues de pronto ya era de noche y yo estaba solo. Me despedí con respeto y agradecimiento y al darme la vuelta para retirarme percibí cierto movimiento, no supe si fue algún animalillo o qué pero me dio gusto.

Después de subirme a mi coche tuve que manejar nuevamente frente al altar para contemplarlo por última vez y al irme alejando juré escuchar rizas y carcajadas, volteé por el retrovisor y reconocí a un grupo de formas que se reunía en rededor al altar. Los miré hasta comprobar que no era una visión, eran en efecto los difuntos de las fotos, reconocí a mi mamá, su porte, su andar, ¡era ella!, incluso la vi voltear hacia mí, como despidiéndose. Me sentí bien, estaba bien acompañada, seguí mi camino a casa sin dudar, más bien con plena confianza en la trascendencia e importancia de esta tradición mexicana.

Llegué tarde a la casa, ya todo se encontraba apagado, solo una veladora ardía en el altar de mamá, había sobrado mezcal así que me serví una copa y me senté a reflexionar. No tardé en perder la concentración cuando comencé a escuchar voces. Al voltear vi a mi mamá platicando amenamente con los fantasmas de las abuelas de mi esposa, estaban allí las tres mujeres sentadas a un lado del altar, conversaban con soltura mientras ocupaban sus manos tejiendo. Mi mamá en el centro y las dos abuelas una a cada lado. Puse atención y entendí que mi madre les estaba dando una clase de tejido. Sin pretender interrumpir simplemente me concentré en escuchar.

-Mira Agustina son dos derechos y un revés…dos derechos y un revés.

La abuela de la izquierda era Agustina pues era la que miraba el tejido de mi madre. La otra abuela estaba concentrada en su propio trabajo, pero igual repitió:

-Dos derechos y un revés…

-Si los hijos supieran cuánto cariño les hemos dedicada al tejerles sus chambitas –comentó mi mamá.

-No comadre, ¡qué van a saber!, si ellos solo las usan, las destruyen y luego se quejan “quesque no les duró”.

-Así son de malagradecidos –comentó la tercera.

Mientras las observaba tejer noté que lograron tomar un ritmo, que supongo sería “dos derechos y un revés”, pero era prácticamente imperceptible, casi silencioso, poniendo mayor atención se podía escuchar las agujas que de vez en cuando se encontraban.

A mí como que no me pelaban, ellas estaban entretenidas en lo suyo. Al observarlas con mayor detenimiento noté que entre las tres estaban conformando un mismo tejido que una vez urdido terminaba en el regazo de cada una y se comenzaba a extender como una manta compartida.

-Pero esta vez sí tendrán que usar este tejido –comentó la Abuela paterna de mi mujer de nombre Natalia.

-No les quedará de otra –complementó Agustina, la abuela materna-, es su vida.

-A ver si de esa manera la dan más valor al trabajo de su Madre, o de su abuela, por supuesto. -, y al decir esto dirigió la mirada hacia mí como si hubiera estado al tanto de que las estaba escuchando.

-Ya ves hijo, a veces pareciera que nos tenemos que morir para que nos valoren.

-Cómo crees mamá, aquí en esta casa las cobijas que utilizamos tú las tejiste.

-Y vaya que me tomo trabajo, simplemente para esa que usas como sobrecama me tardé más de seis meses.

-No sabía que tomaba tanto tiempo -, acepté.

-Pues para que sepas, ¡es un trabajal!, pero claro que lo hacemos con gusto, con cariño…con amor.

-Lo sé mamá.

-¡Qué vas a saber!

-Es serio, lo sé, lo estoy viendo.

-Ah, pero este tejido que estamos haciendo te lo tendrás que poner.

-¿Cómo? –no entendí.

-Estamos tejiendo la vida – permaneció pensativa -, el destino.

-Y el pasado…-dijo la abuela Natalia.

-No se olviden del presente…-complementó Agustina

-Y el futuro…-confirmó mamá.

-Ya veo.

Noté que la manta en la cual estaban trabajando ya cubría el regazo de todas y llegaba al suelo, era un tejido de tres colores, evidentemente cada una aportaba el suyo. Al revisar con detalle su trabajo noté que mi mamá usaba un estambre blanco, Natalia uno negro y Agustina uno color dorado. Pero al observar con mayor atención me percaté que los tres estambres provenían de un bolso común colgado en el respaldo de la silla de mi madre, estaba entreabierto y parecía emitir una irradiación propia, un brillo enigmático y misterioso.

-¿Quieres conocer la materia prima que utilizamos? –me preguntó mamá mientras sacó del bolso una bola de estambre.

En su mano sostenía un espacio vacío que contrastaba de forma evidente con la luz de la veladora.

-Pero allí no hay nada –comenté.

-Así es, la tela con la cual estamos trabajando viene del más allá…del infinito…de la nada. Por eso brilla -, volvió a guardar la bola de vacío en su bolso y siguió con su trabajo.

Las observé en lo suyo, platicaban de cosas triviales como el nacimiento, la crianza, la educación, se reían de su propia historia, se reían de la humanidad con sus glorias y tragedias. En algún momento se autodenominaron como “Parcas”, término que no alcancé a comprender.

Estaba cansado y decidí dejar a las tres abuelas en lo suyo, simplemente me cercioré que hubiera suficiente cera en la veladora para durar la noche entera y me retiré a mi habitación. Antes de acostarme a dormir consulté el término “parca” y entendí mejor el papel que mi difunta madre estaba cumpliendo.

Las Parcas eran tres mujeres de la mitología griega que controlaban el hilo de la vida de cada mortal, desde el nacimiento hasta la muerte. Incluso los mismos dioses les temían pues era consideradas la deidad que define el destino y lo hacen a través de hilar y entretejer. En la mitología nórdica les llamaban Urd, Verdandi y Skuld, las tres se dedicaban a hilar, luego cortaban el hilo que medía la longitud de la vida y ese corte fijaba el momento de la muerte, los distintos colores en los hilos representaban los momentos dichosos y tristes de la vida. Me dormí con la visión de las tres mujeres tejiendo…conversando…hilando el destino de los vivos.

Aunque estaba muy cansado no dormí bien, durante toda la noche me pareció escuchar el murmullo de la conversación y me imaginaba al telar de mi propia vida, mi destino que sobre el lienzo en blanco se entretejía contrastando con elementos negros y dorados como registro de alegrías y tristezas. Aquellas mujeres, si en verdad eran las “Parcas” que sospechaba tenían mi destino en sus manos. Tenía que conocerlas más, apapacharlas, tenerlas de mi lado, serles de agrado. La gran ventaja radicaba en que a las tres las conocí vivas, lo cual me daba sin duda tranquilidad. Pero me esperé hasta que fuera de día para asomarme nuevamente a la sala donde estaba puesto el altar.

Me aproximé con cuidado sin escuchar nada, supuse que por ser de día ya se habrían retirado. Estudié el altar, las fotos de las abuelas de Tania, las fotos de mi mamá: Había reunido y acomodado imágenes de todas edades, desde que era una niña hasta ser abuela, el homenaje que le estaba haciendo era a su vida entera, no solo al momento en que se fue o al último recuerdo, mediante aquel altar estaba conmemorando su vida, y la vida de las demás abuelas.

Lo que sí llamó mi atención y hasta me provocó un poco de miedo fue que sobre una silla justo donde las señoras estuvieron sentadas estaban las tijeras. Eran mis tijeras y probablemente yo mismo las había dejado allí al cortar las flores, pero después de entender lo que aquel artefacto representaba para las diosas tejedoras mejor me las llevé para guardarlas en otra habitación.

La vida continuaba y durante el día me ocupé de los trabajos de la casa, en el altar dejé siempre una veladora encendida, no quería que aquella magia se apagara, el día de los muertos había pasado, pero no por ello mi relación con ellos tenía que terminar. Como lo comencé a hacer costumbre cada vez que entraba a mi casa antes que nada saludaba a mi mamá, como si en efecto su altar fuera su presencia. A veces incluso me daba el tiempo para encender una barrita de incienso, hacer sonar su campana o incluso sentarme un momento a reflexionar. Estar frente al altar me daba paz, tranquilidad, nostalgia y alegría, todos mis sentimientos y emociones se entremezclaban, mis certezas y mi inmensa ignorancia ante el misterio de la muerte. Estar ante aquel altar era como estar frente al gran misterio y eso me gustaba.

Una vez que las flores amarillas y rojas comenzaron a marchitarse las cambié por un arreglo multicolor y aromático, sabía que le gustarían, a ella y las demás almas en cuyo honor se mantenía el homenaje. Cuando estaba solo en la noche invariablemente veía a las tres abuelas tejiendo, acompañando mi soledad, dejé de escuchar su animada e infinita conversación que se convirtió en un murmullo e intentaba descifrar el significado de aquel telar que crecía y crecía cubriendo su regazo hasta acumularse en el suelo. En un momento me pareció escuchar pasos que se acercaron por detrás, pensé que sería Tania, mi esposa, sentí como puso sus manos en mis hombros y suavemente me hizo un  Masaje.

-Gracias, mi amor…

“Gracias a ti”, era la voz de mi mamá.

Me mantuve quieto y de reojo confirmé que las tejedoras siguieran en lo suyo.

“Estoy aquí y estoy allá, es lo bueno de ser espíritu…puedes estar en muchas partes el mismo tiempo. En cada altar estuve presente, en cada foto, en cada recuerdo…gracias”

El masaje se convirtió en caricia y allí fue cuando comprobé que se trataba de mi mamá, sus caricias eran inconfundibles, nací recibiéndolas, crecí disfrutándolas y ahora volvía a sentirme niño otra vez, cerré los ojos y simplemente me dejé consentir una vez más mientras la escuchaba.

“Gracias hijo, es muy bonito ser recordada, de esa manera los muertos volvemos a vivir, no morimos, ¿me entiendes?, lo que llamamos muerte es solo un trance, un paso, una liberación. Es deshacerte de ese cuerpo que pensamos ser nuestra identidad y darte cuenta que la misma vida es una simple ilusión, es abrir los ojos ante la eternidad.”

Evidentemente notaba que las caricias que me hacía me agradaban, yo había agachado la cabeza para exponer mi cuello y la giraba lentamente para permitirle continuar.

“Lo bueno es que estar muerta no te limita para recibir amor, al contrario: te abre al corazón de todos los seres queridos, la muerte desborda los sentimientos más profundos y mientras mayor fue el vínculo, la dedicación, mientras más momentos compartidos la unión que guardan los vivos con los muertos se fortalece. Como es nuestro caso hijo, la muerte no nos separa, al contrario, nos unifica. Algún día lo entenderás.”

La voz era suave y animada, llena de vida, de cordura y sabiduría, era ella en su esplendor. En un momento me atreví a levantar mi mano y acariciar la suya. ¡Era ella!, al tacto sentí que era mi madre, pero no la vieja de las últimas décadas, no, eran las manos de una mujer joven, eran las manos de mamá cuando fui niño. Entre abrí los ojos y vi la foto de aquella época que se iluminaba en el altar. Volví a cerrarlos y fue como viajar en el tiempo a mi infancia y volver a tenerla, volver a ser niño, un hijo que recibía ese inmenso cariño que solo su madre le puede dar.

“Ya lo ves, la eternidad no tiene tiempo. Es lo bueno de estar muerta, acá no hay edad y el tiempo es como una bola de cristal que se mira desde afuera. Puedo ser vieja o ser joven, da igual, los muertos no tenemos edad, somos eternos, y podemos viajar por la memoria y volver a cualquier momento de la vida. ¡Es increíble!, soy nueva en esto, pero me fascina.”

Sentí que me rodeó y abrí los ojos para ver que se sentaba donde las tres “Parcas” habían estado tejiendo. Ahora estaba ella sola, joven aun tomándome de la mano.

“No dudes hijo, abre los ojos, aquí estoy. Tú me invocaste, construiste este hermoso altar y lo has mantenido activo, ¡qué bellas flores, qué delicioso aroma, me haces sentir viva! La vida es algo hermoso, el amor es su esencia, mantengamos este vínculo. Este altar que has erguido es un portal, gracias.”

Ahora que se presentaba frente a mí no podía dejar de contemplarla, me parecía tan hermosa. La luz de la vela la iluminaba con ondas irregulares de intensidad mientras el fuego se mecía. Me le quedé viendo a sus ojos y allí, justo en la pupila, contemplé el vacío infinito de la muerte en su extensión. Sentí que caía en un abismo y me dejé ir. No sé si fue un desmayo por la impresión o simplemente caí dormido del cansancio pero fue hasta la mañana que me levanté, la veladora seguía encendida. Tuve que salir de la casa a tomar aire, a contemplar los colores que comenzaban a pintarse en el cielo venciendo a la oscuridad de la noche, ¡estaba tan feliz!, ¡me sentía tan bien!… lleno, contento, aun podía percibir en mi mano la de mi madre, podría escuchar sus palabras resonar en mi memoria, su aroma en el incienso y en las flores. Mi mamá estaba en todo, en la vida, se había expandido para abarcarlo todo.

Me quedé en el jardín disfrutando cada instante del amanecer: los colores, los sonidos, los aromas… al salir el sol me había sentado en el suelo, recargándome en un árbol y allí recibí los primeros rayos del sol que acariciaron mi rostro con su calor, con ternura y con amor…mi madre estaba también en el sol. Las delicadas manos que me habían acariciado la noche anterior ahora convertidas en sol me brindaban sus caricias en el rostro.

Noté que dentro de la casa hubo movimiento y en un rato mi hija Camila salió al jardín, al verme recargado en el árbol se acercó. Al observarla le noté tanto parecido a mi mamá que por un momento dudé que fuera ella, pensando que tal vez la imagen de mi difunta volvía a presentarse.

-¿Qué haces papá? –preguntó.

-Te pareces mucho a tu abuela. –le dije.

Se sentó a mi lado y colocó su brazo sobre mi hombro, era claro que algo presentía, tal vez también soñó con su abuela, o simplemente percibía lo que estaba sintiendo.

-¿De verdad?

-Mucho.

El parecido de mi hija con mi mamá en verdad era mucho y no solo en la apariencia sino igual en muchos aspectos de la personalidad. La genética es infalible, cada uno de los vivos somos lo que nuestros padres fueron. Y esta misma genética a veces también contribuye a brindar algunos aspectos del carácter, aunque en definitiva la personalidad en sí se forma por voluntad propia, aunque la educación inculcada en casa siempre representa una herencia difícil de evitar.

-Yo no conocí a tu abuela de joven, no había nacido, pero sí creo que eres la nieta que más te le pareces.

Esa mañana la pasé con mi hija, conviviendo, recordando, disfrutando de la vida y aceptando ese vínculo que guardamos con los muertos en tantos niveles. En algún momento que me senté frente al altar noté que el mantel blanco ya estaba manchado y decidí que había llegado el momento de comenzar a desmontarlo. Moví objetos y retiré el mantel, las calaveras de azúcar, las de amaranto y el pan de muertos ya estaban viejos y en mal estado así que también fueron retirados. Sabía que para estas alturas era común levantar el altar, pero me resistí y simplemente le cambié la forma y el contenido pero dejé lo esencial, quería seguir visitando a mamá, o más bien quería que el portal siguiera abierto para que así me pudiera ella visitar.

-¡Hay papá! –me dijo mi hija.

-¿Cuando yo muera me harás mi altar?

-Falta mucho para eso -, a los jóvenes no les gusta contemplar a la muerte como posibilidad.

En cambio yo estaba aprendiendo a aceptar a la muerte como una compañera cercana que representaba el amor y el cariño, que establecía un vínculo entre los vivos y lo que hay más allá, llámese Dios o Eternidad.

-Creo que ha llegado la hora –me dijo mi hija desde atrás -, ya pasó la semana.

Sin cuestionarlo acepté, comprendía que los altares de muertos un día se tienen que deshacer por más que nos aferremos a guardar a nuestros seres queridos cerca, a alimentarlos, a sentirlos a un lado y compartir recuerdos y momentos fugaces. Camila tenía razón, decía la verdad, aunque mi apego quisiera negarlo, los muertos se van y no los volvemos a ver.

Mi hija me ayudó a retirar algunos elementos decorativos que había en el altar, volví a colocarlos en su sitio original en la casa, al hacerlo me di cuenta que en realidad todo mi hogar era un altar, el desmontar el homenaje más que quitarlo era expandirlo, liberarlo. No pude evitar que los ojos se derritieran en lágrimas por la inmensa alegría que me había dado el convivir con el espíritu de mamá, haberla tenido presente una vez más, revivir su memoria fiel, casi real, pero tal sutil que aquella experiencia había traspasado mi alma, había logrado romper los límites que me separaba de los muertos, superado el obstáculo que divide al cuerpo del ilimitado mundo de las almas.

Supongo que mi hija notó mi emoción y me abrazó con cariño, sentí que mediante ese gesto compartí con ella toda la alegría y la tristeza, la esperanza y el desconcierto, aquel abrazo se llevó el sentimiento y cuando ella se retiró simplemente me sentí en paz.

Obviamente no estaba preparado para desmontar por completo el altar, incluso ya había decidido dejar la mesa con las fotos, las cenizas, la veladora y el incienso, pero también mantuve su campana y algunos objetos traídos de la India y Nepal que me ayudaban a meditar. Mientras contemplaba el altar escuché que alguien se acercaba por detrás:

-¿Cami? –pregunté.

-No mi amor, soy yo -, era Tania mi esposa.

-Pensé que eras Camila.

-Camila no está.

-¿Cómo?, si aquí estuvo, me ayudó.

-No, Camila está en casa de su mamá.

-Eso no puede ser – insistí -, ella me estuvo ayudando a quitar el altar.

Volteé a ver la foto de mi mamá cuando era joven y volví a notar el enorme parecido que tenía con mi hija y mejor me guardé el secreto para mí y no insistí.

-Ah, me confundí.

Traté de minimizar la importancia del suceso, no quería que mi esposa fuera a pensar que ya estaba delirando: la muerte de mi mamá tan reciente, este prolongado e intenso ritual del día de muertos, tantas noches en vela frente al altar. Mejor cambié el tema y pretendí ocuparme de otras cosas.

El insomnio de la semana ya me había pegado fuerte y cada noche el sueño se ahuyentaba. Para no perder tanto tiempo dando de vueltas entre mis sábanas decidí ir un rato al adoratorio. Desde el pasillo noté que la veladora seguía encendida y al entrar al cuarto inmediatamente vi a una niña que saltaba jugando como si saltando su cuerda. Me acerqué con cuidado y me senté cerca para observarla. De pronto se detuvo, me vio y preguntó:

“¿Cómo te llamas?¨

-Otto.

“Eres mi papá.”

-¿T tú cómo te llamas?

“Leni”

-Pues claro, mi hija.

Esa noche me dediqué a ver a Leni jugar, ya no necesitaba explicaciones, las palabras y justificaciones estaban de sobra, ella creía que yo era su papá Otto y no la desmentiría, había aprendido que los papeles de abuelo, de padre e hijo eran una simple interpretación en la cíclica representación de las generaciones, de los vivos y de los muertos, manifestaciones del amor.

En algún momento de la madrugada la pequeña Leni me pidió que le abriera su baúl, que seguramente reconoció. De él comenzó a sacar objetos invisibles con los cuales se entretenía pero que yo no podía ver. Era una niña animada y alegre que usaba un gran moño en su cabeza, cuando me volteaba a ver sus ojos verdes resplandecían con la mirada de mi madre, revelando ese carácter cercano y familiar pero al mismo tiempo inmortal y eterno. Pretendí ser su papá por una noche y quiero decir con toda certeza que conocí el cielo. Fui padre, fui abuelo, fui inmortal y eterno, dejé de ser yo y pretendí ser Dios… y eso me gustó.

Conforme la noche cedió ante el nuevo día la imagen de mi niña, mi querida… “Schatzy” se fue desvaneciendo, dejando un halo de inocente alegría que permaneció inmutable consagrando al espacio de mi casa en mausoleo.

Cuando el fuego finalmente se extinguió, me acerqué para cerrar el baúl que en vida fue de mi mamá Leni y noté que en su interior había un tejido, sobre de él una nota en la cual reconocí la escritura a mano de Ella misma que decía:

“Esta colcha es para Camila”

Tuve que despertar a mi mujer para comprobar que la colcha y la nota eran reales. ¡Si lo eran!

Así terminó el primer día (semana) de muertos de Leni, mi difunta Madre.

Este proceso de construir altares apenas comienza, esta afición de hablar con los muertos simplemente ha iniciado. Si la literatura es el medio de comunicación entre vivos y muertos, pues tendré que escribir hasta mi muerte y espero para entonces haber conseguido que alguien me escriba a mí, o cuando menos que me recuerde. Por lo pronto seguiré haciendo lo que yo pueda por mantener este portal abierto, este oráculo de amor activo, ya sea mediante altares, mediante rituales, imágenes o recuerdos.

 

 

 

 

 

 

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