Capítulo 1

 

El Dragón Emplumado ForroSalí de la luz por una puerta que se abrió en el universo. El tiempo y el orden del cosmos habían descifrado el código que une a la materia con la fuente del espíritu.

Como un fluido invisible brotó mi espíritu de la luz y serpenteó por las galaxias, desparramándose y dividiéndose en gotas, que eran semillas buscando una tierra fértil donde caer. Una fracción de ese fluido llego al sistema solar de las doce familias. Sobre un planeta azul fluía una fuerza espiritual lista para ser detonada. Mi esencia entro en el ciclo de ese lugar tan lleno de vida. Sopló con el viento, se mezcló entre las aguas, penetró en la tierra y se transformó con el fuego. En todas sus fases anunciaba la llegada de una inmensa fuerza. Las especies que vivían recibieron el mensaje, sólo los seres humanos no se dieron cuenta de lo que todos los elementos anunciaban.

Tenía que buscar un cuerpo propicio  para encarnar y llevar el mensaje a los hombres. No fue fácil encontrar una pareja capaz de criar a esa fuerza, que descifraría el código de las estrellas ante el ser humano. Tuve que subir a la Luna para desde ahí observar toda la Tierra con detenimiento y esperar.

Di vueltas y más vueltas, viendo a la esfera azul girar hasta que, en el lado sombreado, a punto de voltear hacia el amanecer, se dejó ver una luz de amor puro entre dos seres humanos. Me eché de clavado hacia ella, y junto con el primer rayo de Sol, descendí por la cúpula de un templo. Bajo ella una pareja de enamorados se entregaban en compromiso. Los vi unidos por una luz que brotaba de su entrecejo. Por medio de ella entre el cuerpo de ambos, les hice sentir el placer físico mas dichoso que un ser humano puede gozar y yo lo experimenté con ellos. Alcanzando el éxtasis del amor, me lleve la esencia del hombre y la uní con la de la mujer. Al momento, una luz con vida propia brilló en el vientre de la futura madre y yo me acurruqué en espera del tiempo para nacer. Desde que me encontraba dentro de mi querida madre ella me hablaba de forma continua y cariñoza. A veces lo hacía en voz alta, pero incluso en su silencio me mandaba mensajes directamente con sus pensamientos.

Tiempos difíciles de embarazo pasó Ana, mi madre. Marcos, mi padre, había encontrado una puerta para viajar en el tiempo y por ella se fue. Luego el padre de Ana, mi abuelo, la menospreció por ser madre soltera. Llena de angustia y desesperación ella salió al campo a estar sola conmigo y le dije que subiera a la montaña más alta, pues ahí se encontraba reunida mi familia verdadera. Ana podía entenderme como yo a ella, y con mucho valor dejó su casa y subió hasta los altos picos de las montañas nevadas.

En un hermoso valle encontró un gran palacio que tenia las puertas abiertas. Entró por un templo lleno de fuegos que representaban la luz del espíritu. Ahí una anciana la esperaba y antes que nada le dijo:

-Tú cargas luz en tu vientre.

Ana se sintió tan dichosa que se inclinó frente a la anciana en agradecimiento. La mujer se postró a su lado y le dijo:

-Aquí tu familia será grande y todos te amaremos como a tu hijo que desde hace mucho esperamos.

Luego le entregó una vela encendida y se dio media vuelta, perdiéndose por una pequeña puerta que estaba a un lado del adoratorio. Ana siguió a la anciana quien la llevó hasta una pequeña habitación, donde pasaría el resto de su embarazo.

Un día, poco después del amanecer, la anciana entró a la habitación de la joven Ana y le dijo:

-El padre del niño te está esperando en la cima de la montaña.

Sin dudarlo Ana subió a la montaña acompañada por un grupo de monjas que la llevaron hasta un refugio que había hasta arriba. Cuando comenzaron los dolores del parto, un hombre fornido, de larga cabellera y abundante barba llegó y la ayudó a dar a luz. Ese hombre era Marcos, mi padre.

 

Así fue que llegué al mundo de los seres humanos, recibido con seguridad en las asperas y fuertes manos de mi padre. Él me abrazó con amor y me besó con acariño, luego me cubrió en tela de seda y me acomodó entre los brazos de mi hermosa madre, quien me entregó todo su dolor y su alegría en una caricia llena devoción.

Mi padre nos acompañó durante los primeros días de mi vida. Una noche los vi llorar juntos en un gesto de alegría por comprender, que aunque físicamente estuvieran separados, en espíritu permanecían unidos a través del amor, que vence las barreras de la distancia y el tiempo. A la mañana siguiente se despidieron con una sonrisa, y yo bajé de la cima de la montaña en los brazos de mi madre hasta el monasterio. El gran palacio entre montañas eternamente nevadas fue el hogar donde comenzaría mi aprendizaje.

Mi madre siempre me dio todo su cariño sin medida. Ella fue mi primera maestra, con la que aprendí la virtud del amor incondicional. Aunque yo a veces lloraba y la desobedecía como cualquier niño, ella me tenía una paciencia infinita y me explicaba sus razones con voz siempre amorosa. Ana fue la primera mujer de la cual estuve enamorado.

Conforme fui creciendo, la curiosidad por conocer el mundo al que había llegado, me impulsaba a escaparme de la protección de Ana para buscar aventuras por mipropia cuenta. Ella me regañaba por perderme en los lugares ocultos. Yo no entendía por qué no me dejaba salir a conocer el extenso mundo y lloraba en la incomprensión. Para mi sorpresa un día ella misma me saco de la habitación y me dejó en un largo pasillo diciendo:

-Pato…Patito…hijo querido, aunque me duele te tengo que dar tu libertad.

¡Me dio las llaves para perderme a voluntad por los cuartos, corredores, galerías y escondites sin fin del monasterio! Tan pronto como mi madre entró a su habitación, dejándome solo en el corredor, a mi lado vi a otro niño que, en el lenguaje que sólo hablan los bebés me dijo:

-¡Hola Pato! Vamos a jugar.

Con tan sólo esa invitación un mundo fantástico se abrió ante mí. Mi amigo me tomó de la mano y juntos volamos como aves por los pasillos, luego salíamos a los jardines y nos confundimos entre el color de las flores. Yo volvía con mi madre cada tarde después de los juegos y le contaba las aventuras que me ocurrían en su ausencia. Ella no entendía mis palabras, pero a su manera, compartía la emoción que yo sentía. Se reía conmigo y me confortaba con sus cariños hasta que me quedaba dormido. Yo le decía que también le hiciera caricias a mi amigo, pero ella solo lo podía ver a través de mis ojos.

En mis excursiones por los lugares ocultos me encontré con otras mujeres quienes me invitaban a jugar. Eran monjas que me platicaban las historias de sus vidas. Escuché hermosas aventuras de tierras lejanas. Cada una tenía vidas y vidas que contarme. En aquel monasterio las mujeres comprendían el misterio de la reencarnación y recordaban quién habían sido en vidas pasadas. Yo aprendí todo eso y comprendí que mi alma era nueva en este plano de existencia. Todas me trataban como un igual, algunas incluso me llamaban maestro y me pedían consejos. Yo en aquel entonces no sabía  hablar así que les sonreía y con eso las dejaba satisfechas.

Mi amigo invisible me acompañaba a donde quiera que yo fuera. Siempre sonriente me platicaba y me mostraba los mundos ocultos para los adultos. Un día me pidió que lo siguiera por una puerta que hasta ese momento desconocía. Al atravesarla entramos a un cuarto muy grande que estaba lleno de esculturas de forma animal: había tigres, dragones, elefantes, rinocerontes y muchísimos animales más. Tan pronto como cerramos la puerta tras nosotros, los ídolos tomaron vida y se nos acercaron curiosos.

Un inmenso dragón con alas y cuerpo de serpiente se nos acercó, echando fuego por nariz y boca y, con voz como de trueno, nos pregunto:

-¿Quiénes son ustedes?

-Soy Pato – conteste.

-Yo soy Kin – dijo mi amigo, y luego le pidió-, ¡llévanos a dar un paseo!

La inmensa bestia levantó su cara y, abriendo la boca echó fuego, haciendo un hoyo en el techo, por donde las estrellas se dejaron ver. Luego nos miró con expresión desafiante y dijo:

-Ustedes son niños, no saben lo que hacen; están jugando con fuego. Yo soy una bestia terrible y peligrosa capaz de destruirlos con tan sólo un aliento.

-¿Pero porqué nos has de destruir? -le dijo Kin-. ¡Si nosotros queremos ser tus amigos!

En los ojos de la bestia se vieron ríos de sangre y, al levantar nuevamente la cabeza, echo un fuerte rugido acompañado de una llamarada, y dijo:

-Ustedes son una amenaza para las bestias como yo; su inocencia es un arma muy poderosa, pierdo mi fortaleza ante ese encanto.

-Pero nosotros no queremos pelear contra ti, lo que queremos es jugar -le dije.

El dragón se me quedó mirando y meneaba la cabeza de un lado a otro. A mi lado mi amigo Kin se comenzó a reír a carcajadas y me dijo:

-¡Ven, vamos con el tigre! Este dragón está lleno de odio y no comprende nuestros juegos.

Al momento de decir eso, la bestia volvió a convertirse en un ídolo. Dimos la vuelta para ver a un majestuoso tigre de Bengala que se nos acercó, llegó hasta nuestro lado y echó un rugido que hizo que retrocediéramos unos pasos. Luego el Kin se le acerco con la mano extendida y el felino se dejó acariciar. Yo no pude aguantar la tentación y le comencé a hacer caricias también. El animal se tiró en el suelo con las patas para arriba y, entre mi amigo y yo, pretendimos atacarlo. La fiera luchó contra nosotros, nos mordía sin hacer daño y nos lamía con su árpera lengua. Luego se liberaba y saltaba de un lado a otro con agilidad, después se dejaba acariciar nuevamente y, cuando lo teníamos en el suelo, lo volvíamos a atacar.

Estuvimos jugando con el tigre por mucho… mucho tiempo, se había convertido en un buen amigo y yo no me quería separar de él. Cansados, el Kin y yo nos recargamos en el felino, y así nos sirvió de almohada. Agarrado de la mano de mi amigo me quedé dormido.

Sentí que alguien me cargó, y entre sueños abrí el ojo para encontrarme en los brazos de una de las monjas que me llevó con mi madre. Ella lloró al verme y me dijo:

-¡Pato, estaba muy preocupada, no me vuelvas a hacer esto!

Ni siquiera trate de contarle mi aventura, aquel cuarto de los ídolos tenía que quedar en secreto entre Kin y yo.

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